Al comienzo, sí, porque al pensar los hechos, la historia, todo es diferente.
Me interesó esto de desarrollar una idea a partir de similitudes que pueden ser de forma y no de concepto. Así es al menos en este caso.
En un comienzo más temprano aún, digamos en la época de mi escuela primaria, cerca de los momentos en que Él estaba ya operando, produciendo su cambio, ese cambio que lo llevó a ser lo que Es protagonizando y movilizando otros cambios, en esa época mi nombre (apellido) era sólo un motivo de risas, a veces de burla aunque no malintencionada; no había ni hay nada que motive comentarios desagradables, tan sólo risueños; quizás la descripción anecdótica de Doña Paula Albarracín realizando tareas debajo de ella, de la higuera. Con el correr del tiempo eso se agravó (las cosecuencias del pensamiento “secundario” de quienes transitan esa etapa “adolescente”), y posteriormente sólo quedó para comentarios de quienes no tienen demasiado qué decir ni en qué pensar (recuerdo las cámaras ocultas y la desvergüenza de reírse de las contrariedades ajenas). Salvo quizás algún compañero un poco más informado que recordó los versos de Juana de Ibarbourou.
Entre los años de mi infancia y los de mi adolescencia se desarrolló el núcleo de su acción, desde el descubrimiento de una nueva realidad para un hombre nuevo hasta la muerte que lo llevó a su desaparición, su mismo olvido. Sin vida no hay memoria salvo en los demás. ¡Y vean qué dimensión!
Para una madre siempre su hijo es maravilloso, es la sangre. Este hombre nuevo que formaba parte de las legiones que a mis 13 años admiraba, enfrentando al primer asesino que recuerdo de mi historia viva: kennedy (no me equivoco, lo digo y escribo con minúscula porque así son los asesinos, minúsculos, sin valor para enfrentarse a los que destinan de inferior condición), estaba en la cabecera de mi cama a mis 17, no sabía certeramente por qué, no había leído tanto, pero así era nomás. Su gesta se había inscripto en mí (y en muchos) desde lo más profundo. Es el argentino más grande, después están para mí Belgrano, Castelli, Monteagudo, Eva y mis amados creadores: Cortázar, Astor, Berni, Jorge Luis. Qué curioso, mi vida se desarrolló siempre entre gente de esta condición, con o sin grandes realizaciones en su haber, pero siempre con la convicción de la verdad y la justicia, valores que cualquier ser humano esgrime pero que rara vez significan lo mismo. Para mí esos son los valores del Che, nacido como muchos (quizás la mayoría) de nosotros, los argentinos criollos, en un hogar pequeño-burgués, porque esa es la forma predominante de la sociedad argentina, y con lo que tenía hizo lo que hizo.
Y miren lo que pasó, fue a morir (nadie lo pudo matar, sólo un ser desclasado y comprado con plata y por la historia bastarda, hizo el simulacro de sangre y balas y con eso lo ayudó a crecer, a vivir por siempre), una madrugada en La Higuera. No es lo mismo, pero en nuestro idioma parece igual. Y al contrario de lo que a muchos quizás les suceda, la vergüenza de portar un nombre o un apellido que recuerde ignominias (imagino algún Videla o quizás algún Astiz, no puedo ni imaginar un Adolf), en mi caso me siento más cerca. Siento que tengo un punto de unión. El sitio donde eligió quedarse para morir (pudo haber negociado, pero ese tipo de hombre no se quiebra ante nada), es parecido a mi nombre, cobijó su muerte en la tierra, eso es bueno, es un lugar que al recordarse me permite hablar de Él, del Che. Y al recordarlo a Él una frase viene a mi memoria, escrita por un ferviente amante del Che y de la revolución, Armando Tejada Gómez: “EL QUE NO CAMBIA TODO, NO CAMBIA NADA”.
Recuérdenme, soy el portador de un nombre (apellido), que permite pensar un momento trascendental de la historia universal. Nosotros como humildes hombres que hoy ansiamos parecernos a Él, sólo podemos continuar nuestra obra, la de Él no se podrá comparar.
HAY QUE ENDURECERSE PERO SIN PERDER LA TERNURA JAMÁS.
Mis homenajes, sencillos, siempre existieron en textos o canciones. Ayudemos a crecer a los niños de hoy para que sean felices.
Nota: debo confesar que cuando estuve en la casa natal de D.F. Sarmiento en la ciudad de San Juan, no pude resistir la tentación de fotografiarme debajo de la higuera, documento que está expuesto en mi casa de Buenos Aires.